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altAlgunas de las páginas más importantes y desconcertantes de la historia de la ufología moderna se escribieron en la Navidad de 1980, cuando se produjeron dos casos de encuentros cercanos con ovnis en los que el factor militar desempeñó un papel protagonista: los expedientes CashLandrum y Rendlesham.

"Sentí que me estaba quemando por dentro. La luz me cegaba tanto que no era capaz de ver lo suficiente para mover el coche hacia atrás. Tenía miedo de moverlo hacia adelante y acercarlo al objeto.” Las palabras de Betty Cash, que a sus cincuenta años podía presumir de haber sacado adelante un próspero café y una tienda en Dayton (Texas, EE.UU.), no dejan lugar a dudas acerca de la intensidad del encuentro cercano con un ovni que acababa de protagonizar junto a Vicky Landrum, de 57 años, y su nieto Colby, de 7 años.

recreación del suceso protagonizado por Betty Cash y Vicky Landrum
Diamante volador

Todo comenzó en torno a las nueve de la noche del 29 de diciembre de 1980 cuando circulaban en coche por la carretera FM 1485. Hasta ese momento nada podía hacerles presagiar que a escasos kilómetros de Huffman (Texas) se iban a topar de bruces con el misterio, primero en la forma de una luz lejana a la que no dieron excesiva importancia y, minutos más tarde, en la de un objeto con aspecto de diamante que volaba siguiendo el trazado de la carretera. Dicho objeto terminó situándose a unos 40 m de distancia del Oldsmobile conducido por Betty, quien no tuvo más remedio que echar el freno para contemplar la singular escena. Aquella mole voladora se alejaba por completo de los estereotipos de ovnis más comunes, dado que a su inusual forma de diamante gris metálico se sumaba el estrepitoso ruido y las fulgurantes llamaradas que despedía. Tal y como explicaría poco después Vicky, aquello “emitía un sonido muy fuerte, como el de un lanzallamas, intercalado con pitidos agudos y con la intensidad de los cohetes del transbordador espacial cuando despega”. La reacción de la señora Cash fue inmediata. Tras detener el coche, se bajó del mismo para observar con más detalle el diamante volador; la siguieron Vicky y su nieto, pero el temor hizo que el pequeño Colby regresara al instante al coche, logrando que su abuela también entrara un par de minutos después. Esta circunstancia se convertiría en crucial a la hora de evaluar los efectos fisiológicos que la observación causó en los testigos, de mayor intensidad en función de la mayor cercanía y mayor tiempo de exposición al calor que irradiaba el objeto. Al cabo de diez minutos, las llamas se apagaron y el diamante grisáceo ganó altura poco a poco y se alejó en dirección sudeste, hacia del Golfo de México. Ya en el coche, Cash y sus acompañantes continuaron su viaje hasta detenerse frente a un cementerio local, desde donde contemplaron otra escena inaudita: el aparato estaba siendo escoltado o seguido de cerca por al menos 23 helicópteros de doble pala o rotor, un modelo que las testigos identificarían como el CH47 Chinook. Sin duda, parecía cosa de militares. Y, puesto que nadie les iba a creer, optaron por guardar silencio. Las características “terrenales” del objeto observado y la presencia de helicópteros usados por el Ejército llevaron a Betty, una vez pasada la fase aguda del avistamiento, a comunicarse con el Centro Espacial Johnson de la NASA para intentar averiguar qué había ocurrido. Desde este derivarían la llamada al ingeniero de la McDonnell Douglas y subdirector de la mítica MUFON, John Schuessler,
quien se convertiría en el más preciso investigador del caso. En 1985 el juez de la Corte del Distrito Federal de Houston Ross Sterling puso punto y final a la demanda que las testigos habían presentado contra el Gobierno federal reclamando 20 millones de dólares por su responsabilidad en los trastornos de salud que sufrieron después del suceso. Era el final de cuatro años de investigaciones en los que, aunque se verificó sobradamente el caso, no se logró probar que aquellos helicópteros pertenecieran a las Fuerzas Aéreas estadounidenses. El misterio continúa.

Encuentro en el bosque

La Navidad de 1980 marcó también un antes y un después en la vida de un nutrido grupo de militares de las bases de Bentwaters y Woodbridge, enclaves de alta seguridad ubicados a poca distancia de Ipswich, muy cerca de la costa británica de Suffolk. Durante años y hasta su desmantelamiento las instalaciones estuvieron bajo el mando de la OTAN y ocupadas por la US Air Force, circunstancias que contribuyeron a dar una relevancia aún mayor a los inexplicables avistamientos y a las experiencias protagonizadas por al menos una decena de militares. El calibre de unos hechos que ocurrieron en plena Guerra Fría, la existencia de testigos civiles, los registros de radar y radiactividad, la intervención de la policía británica y la implicación de personal militar fuera de su territorio nacional son ingredientes que justifican con creces que este sea considerado el caso más importante de la ufología en el Reino Unido. No obstante, también ha sido un nido de confusión permanente, en el que han convivido el silencio oficial con testimonios extravagantes que hablan de alienígenas, abducciones y missing time.

Los radares de Neatishead y Watton verificaron señales que superaban las prestaciones de los mejores aviones de la RAF y la USAF, y la mayoría de los testigos terminarían siendo ubicados en nuevos destinos. Oficialmente todo arrancó a las 3 de la mañana del 26 de diciembre cuando el guardia de seguridad John Burroughs y el sargento Steffens contemplaron unas luces desconocidas evolucionando en el bosque de Rendlesham. Sospechando que podría tratarse de un avión en apuros que había colisionado en la zona, pasaron aviso al Centro de Seguridad Central de la base, desde donde partieron a su encuentro el sargento Jim Penniston y el policía de seguridad Edgard N. Cabansag, que desde la distancia se convertirían también en testigos de las luces. Serían Burroughs y Penniston quienes se internarían finalmente en el bosque y se encontrarían cara a cara con un objeto cónico, casi piramidal, que parecía flotar a escasos centímetros del suelo, aunque por momentos daba la impresión de sostenerse sobre tres finas patas o soportes. El objeto, de 3 m de altura por 3 m de base, parecía de cristal. Emitía luces de distintos colores y mostraba en un lateral unos símbolos negros indescifrables, al tiempo que el entorno parecía cargado de electricidad, lo que generaba una sensación de ralentización. En un momento determinado el festival de luces aumentó y el objeto se elevó hasta desaparecer. En palabras de Penniston, el ovni despegó “sin hacer absolutamente ningún ruido, lo que denota su alta tecnología, y maniobró sobre los árboles, los sobrevoló momentáneamente y después salió disparado a una velocidad increíble”.

Al amanecer se descubrirían en el lugar tres marcas equidistantes en el suelo helado, de 2 m de radio por 50 cm de profundidad, que parecían haber sido dejadas por el objeto.

Comentarios (2)Add Comment
Javier Pauner
¿No hay nadie?
escrito por Javier Pauner, diciembre 31, 2009
Parece ser que nadie comenta nada. Es triste pues sin comentarios no podemos saber lo que opinan los demás lectores. smilies/sad.gifsmilies/sad.gif
Doménica Vázquez
...
escrito por Doménica Vázquez, febrero 05, 2010
Creo es xq a mucha gente le da recelo de exponer sus opiniones sobre cuestiones q no son muy bien aceptadas por todos... y de ser atacados con comentarios que destruyen en vez de construir...smilies/cry.gif

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