En mi camino dentro del Club Galileo de Guayaquil y gracias a Jaime Rodríguez que todas las veces que él se reunió conmigo, dispensándome su valioso tiempo y enseñanzas, conocí al Dr. Héctor Burgos Stone quien es la persona que aclaró uno de los temas que siempre despertó mi interés siendo este "el origen de las razas humanas".
Entonces un día Jaime me dio el teléfono del Dr. Burgos Stone, pues era la persona indicada para responder mis interrogantes. Enseguida lo llamé y le conté que Jaime Rodríguez fue quien me dio su número telefónico, y él con mucha amabilidad me concedió una cita.
Al conversar con el Dr. Burgos Stone, me di cuenta que estaba en frente de una verdadera eminencia, un erudito. El es un escritor e investigador que realizó estudios de Antropología Cultural y Linguística en su natal Chile (1925). En 1968 llegó a Ecuador efectuando estudios aborígenes americanas comparadas con lenguas clásicas indoeuropeas. Sus obras principales (en inglés y español) sobre el tema son: “La faz oculta del Mundo” y “Amáraka, un mundo sin tiempo”, “En la ruta de los mundos Perdidos”, “El mito del Nuevo Mundo”, “El Minotauro y la electricidad”, “Meditaciones desde el Valle Sagrado”, (de edición bilingüe) varios libros más. El sostiene la tesis de que la cultura se gestó en América, apoyándose en estudios notables de eruditos como Arias Montano, P. Gregorio García, Michelangelo Mossi, Natalia Rossi, etc. y en los descubrimientos recientes de Gene Savoy, Anna Roosvelt, Glynn Burns, etc. El Dr. Burgos también es historiador, musicólogo y poeta. Fue profesor en varios conservatorios de la ciudad de Guayaquil.
Héctor Burgos Stone puntualiza que es “Amáraka”, el nombre antiguo y original de nuestro continente y el cual significa “Tierra de los Inmortales”, o Seres sin tiempo, o Dioses. El Dr. Burgos derrumbó en mi el mito de la evolución de la especies, teoría de la cual yo era un fiel defensor antes de conocerlo. Y fue tal la impresión que él ha causado en mí, que he llevado a su casa a varios amigos, para que ellos también se nutran de sus valiosísimas enseñanzas, las cuales, el Dr. Burgos de la forma más desinteresada nos impartió.
Yo en la actualidad puedo afirmar que Héctor Burgos Stone es uno de mis más grandes maestros, por eso su nombre es uno de los tres nombres que aparecen en la dedicatoria de mi libro. Sus libros han causado un profundo impacto en mí. Todos son ellos obras maestras, pero en especial el libro “El Minotauro y la Electricidad” es uno de los libros de ciencia más trascendentes que he tenido la oportunidad de leer. Ese libro es una joya digna de un Nobel. Es mi favorito y Jaime Rodríguez me ha confesado que para él también es su libro favorito de los de Héctor. Sin embargo no solo yo, sino que muchos de los más reconocidos intelectuales de la ciudad de Guayaquil, consideran a Héctor Burgos como su maestro. Y de manera muy acertada y justa Jaime Rodríguez y otros amigos le realizaron un programa radial en su homenaje.
Las personas que participaron en el programa en homenaje al Dr. Héctor Burgos
Pero en vez de seguir contando mis apreciaciones de Héctor y su obra, prefiero transcribir literalmente extractos de algunos de sus libros, para que el lector pueda comprobar de qué categoría de científico estamos hablando.
Extracto del libro LOS EXTRATERRESTRES CREARON AL HOMBRE:
“En el fenómeno ovni se producen a veces efectos físicos, tales como huellas de aterrizaje, hierba quemada, terreno hundido, fragmentos metálicos, etc. Esto ha inducido a muchos a pensar que se trata de vehículos exclusivamente físicos.
En realidad no es así. Las huellas físicas denotan en general causas físicas, tal como las entendemos. Pero de igual modo puede darse efectos físicos de fenómenos que tengan su origen en causas psíquicas. Esto no implica una aberración de los principios de la causalidad, sino simplemente que nuestro conocimiento de la causalidad es fragmentario.
Algunos fenómenos paranormales se manifiestan como hechos físicos, que aparecen repentinamente por la acción de fuerzas psíquicas; materializaciones y desmaterializaciones; objetos que son extraídos de espacios cerrados y precintados, sin romper los sellos, a través de otra dimensión; etc. La dificultad para comprender estos hechos se debe, por supuesto, a nuestras ideas convencionales. En especial a nuestros conceptos sobre la materia y lo material.
Damos por sentado e indiscutible que la materia es impenetrable. Esta es una idea bastante limitada. La propia ciencia nos demuestra que ello es solo aparente. Un bloque de acero, por ejemplo, parece algo totalmente sólido, compacto. En realidad se halla constituido de moléculas, separadas entre sí por grandes espacios vacios. A su vez cada molécula está constituida por átomos. Entre un átomo y otro hay espacios en los que cabrían miles de otros átomos. Por último, en cada átomo hay espacios tan enormes, que lo hacen prácticamente vacío. Así, el átomo vendría a ser como “un agujero abierto en la nada y rodeado de vacío”.
Casi toda la masa del átomo ocupa apenas una billonésima de su volumen. Alrededor de ese núcleo, que es un centro de fuerza, giran electrones sin masa, a una velocidad prodigiosa, dando la impresión de formar capas sobre puestas. En realidad se trata de niveles de energía. Los electrones saltan de un nivel a otro, formando una “quanta”, es decir, cambios de nivel de energía.
Por lo tanto, la materia es sólida solo en apariencia. Por otra parte, nosotros no percibimos la materia. Lo que perciben nuestros sentidos son formas, que constituyen campos de fuerza mental. Nosotros hemos creado esas formas, proyectándolas luego en la naturaleza. Experimentamos la sensación de cosas sólidas, debido a la interacción de nuestros propios campos de energía con las formas. Creemos vivir en el plano físico, pero este es completamente inasible para nuestros sentidos. En realidad, nos desplazamos en un mundo mental, que es el que conforma los objetos sensibles.
Lo que llamamos “realidad física” es la interacción del plano mental con el plano astral, proyectados en el plano físico. Este último es para nosotros totalmente imperceptible. No podemos percibir las moléculas. Lo que percibimos son formas mentales representadas por grandes masas. Por lo tanto, vivimos engañados. Vivimos en una ilusión. Lo que juzgamos real es solo una proyección de nuestros sentidos. Y sin embargo estamos dispuestos a jurar, por nuestros honorables antepasados, que vivimos en el mundo físico, y que este constituye la sola y exclusiva realidad.”
Extracto del libro EL MINOTAURO Y LA ELECTRICIDAD:
“Para explicar la aparición de la vida sobre la tierra, los neodarwinistas echaron mano de un factor que no explica nada: el azar.
Pero los científicos serios y responsables han expuesto buen número de hechos incontrovertibles. Así, partiendo de la célula, que es el organismo viviente más sencillo, han considerado las posibilidades de su formación casual.
Decir que es el organismo más sencillo no es decir mucho. La célula se alimenta, respira, desasimila, tiene circulación. Está compuesta de membrana, protoplasma y núcleo. En realidad es una fábrica diminuta, que produce substancias químicas complejas, que actúa mediante un programa computarizado y que es capaz de reproducirse o de transformarse.
El protoplasma transforma proteínas. La fórmula general de la proteína es de 500 átomos de carbono, 403 de oxígeno, 67 de nitrógeno, 81 de hidrógeno, y 3 de azufre. Pero todos esos átomos no se encuentran confundidos, sin orden ni concierto. Por el contrario, guardan un orden riguroso de posición, con distancias exactas e inalterables entre sí.
Según la ley de las probabilidades, reconocida como instrumento científico, para que la proteína hubiera llegado a formarse por azar, se hubiera requerido de una sucesión de cien mil millones de intentos por segundo, durante trillones de siglos.
Ahora, si se pasa de proteínas a la célula, se necesitaría tal cantidad de intentos, que no alcanzaría para ello todo el tiempo de vida asignado al sistema solar, para dar, por azar, con esa pequeñísima forma viviente inicial.
El problema se complica en forma inconcebible, si de la célula, aislada, se supone que continuó la asociación de células, para formar un órgano. ¡Y de la asociación de células, por azar, se pasa a la asociación de órganos que integran el animal!
Según las leyes matemáticas, no alcanzarían cuatrillones de milenios para acertar, en cada ocasión, con la forma orgánica precisa. Ni bastarían miles de millones de veces la duración del sistema solar.
Sería un rasgo de modestia reconocer que no sabemos cómo fue creada la vida. Tal vez no fue creada, sino que ha existido siempre. Noción que nuestros programas mentales no alcanzan a asimilar. ¿Pero quién dice que la mente puede comprender la vida? En cambio, se puede afirmar, con certeza absoluta, que la vida no se formó por azar. Eso es científicamente imposible.”
Extracto del libro EL ROMANCE DE JESUS:
“El hombre ha experimentado siempre una insaciable sed de mitos. Esta es una necesidad psicológica a la cual nada puede subsistir.
De aquí el éxito de las religiones, que a través de los siglos se han copiado unas a otras, sin perder por ello su credibilidad.
En los escritos del culto a Mithra, el cual data al menos de 1.400 años antes de la era actual, hay un pasaje referente a la Cena de aquel profeta con sus seguidores. En él, Mithra dice: “El que no coma de mi cuerpo y beba de mi sangre, de modo que se confunda conmigo y yo con él, no alcanzará la Salvación”.
Tertuliano, furioso, afirma que eso fue obra del Diablo, quien, mil años antes, había parodiado la Cena, para desprestigiar a Jesús.
Pero bien hubiera podido recordar que, cuando Melquisedec recibe a Abraham, parte con él el pan y bebe el vino de la comunión.
Y si en su tiempo hubiera venido a América, esto es, mil años antes de Colón, hubiera visto que los mayas, aztecas y peruanos, siguiendo una costumbre inmemorial, no solo se bautizaban, se confirmaban, se confesaban y se casaban según la religión, sino que además comulgaban, con pan de maíz y chicha.
Los invasores españoles, a su turno, pensaron también que se trataba de jugarretas de Satán. Y en nombre de Jesús el Cristo se dieron prisa es despachar a todos los sabios, los nobles y los sacerdotes indianos, y en quemar sus libros y destruir sus monumentos, ya que ellos estaban convencidos de tener el monopolio de la fe y la verdad”.
Extracto del libro EL MITO DEL NUEVO MUNDO:
OLLANTAYPARUBO.- El arqueólogo norteamericano Hyatt Verril, en su obra “Viejas Civilizaciones del Nuevo Mundo”, escribió lo siguiente:
“Ningún ser humano, ya fuese indígena o perteneciente a cualquier otra raza, podría haber tallado estas piedras, con las herramientas rudimentarias que hemos encontrado en las excavaciones. No se trata de habilidad, ni de tiempo, ni de paciencia: simplemente, es algo que no pudo ser realizado por ningún ser humano”.
Esta declaración del famoso arqueólogo causó gran escándalo en los medios académicos de todo el mundo. ¿Acaso Hyatt Verril sugería que otras gentes, superiores y tal vez anteriores a los nativos americanos con conocidos, disponían de máquinas-herramientas de diseño avanzado, para construir esas obras monumentales, como la soberbia ciudad de Ollantayparubo?
¡Pero si era tan fácil explicar esas construcciones como el trabajo de miles de indiecitos que, sin otra cosa más importante que hacer, se habían dedicado durante años de años a cortar y pulir piedras!
¿Cortar bloques? Muy simple: los indiecitos hacían perforaciones en la roca, introducían tarugos de madera en ellas, mojaban con agua los tarugos, y cuando estos se hinchaban, hacían estallar la roca.
Desafortunadamente, ningún académico de la arqueología ha hecho la demostración práctica de esa brillante teoría. ¿Para qué? Cuando se es académico, se tiene el derecho de decir cualquier burrada.
¿El transporte de las piedras? Sencillísimo: 100, 200, 500 o 1.000 indios, y algunos capataces con látigos, y resuelto el problema. Pero veamos: una piedra de cuatro metros de largo por uno de ancho y uno de espesor, pesa 20 toneladas, esto es, 20.000 kilos. Un hombre transporta y levanta no más de 50 kilos. Para 20.000 kilos se necesita 400 hombres.
Pero 400 hombres tienen 800 manos. Considerando 10 centímetros de ancho para cada mano, en el perímetro de una de las caras de ese bloque, en total diez metros, caben solo 100 manos. ¿Y donde ponen las otras 700?
Algunos académicos dicen que los indiecitos hacían deslizar los bloques sobre troncos de árboles. ¡Vaya! Con esos troncos, cortados en rodaja, se podría hacer hecho ruedas de ferrocarril.
Otros académicos dicen que arrastraban los bloques con sogas de cabuyas. Se ve que ellos no han arrastrado nunca ninguna cosa, excepto los pies al caminar.
En Ollantayparubo, como en otras ruinas ciclópeas de América, hay piedras de 150 y 200 toneladas. ¿Las llevarían en carritos de mano?
Hay dos posibilidades: Hace miles de años, algunos visitantes extraterrestres se distraían construyendo ciudades descomunales en nuestros planetas. O bien, había una civilización terráquea dotada de medios tecnológicos asombrosos, al presente.
Pero una u otra de ellas nos llevaría a la triste conclusión de que los académicos solo sirven para calentar las sillas de las academias.

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